Objets à réaction archéologique

objetsNo, ni uno es la sombra de un cabello de Le Corbusier, ni esto es Roquebrune, ni las olas de la cala de Cap Martin han arrastrado a nuestros pies una incoherente panoplia de objetos. Aunque bien podrían ser los restos de un naufragio, el naufragio de un lugar hermoso y, sin embargo, abandonado a su suerte. Como un barco que, sin timón ni timonel, surca varado mares de tiempo, año tras año, estrato tras estrato, en desidia sepultado.

Digamos que es marzo de 1962, el hijo mayor recién ha vuelto del servicio militar en Zamora, come afanosamente un plato de arroz, garbanzos y ternera, la madre ha sacado las cerámicas Pickman para la ocasión. Casi atragantado el joven relata entre aspavientos el anecdotario de tres años. Historias humanamente banales, como aquella de Juanito “el apenao”, que se dejó medio diente al caer de la tapia del cine de verano. Y, entre risotadas, fue en la viva recreación del golpe que de un codazo acabó sus días contra el suelo un plato de postre con sus mondaduras de pero cachón. Aquella misma tarde, la hija mayor hizo un hoyo junto al rellano del corral y enterró los  irreconciliables trozos.

Treinta años atrás, están de visita Rafael y Asunción, traen consigo a sus tres vástagos que, aburridos, no tardan en revolotear por la sala: «Venga afuera, al corral, que tengo que hablar con la tita», les dirá la madre con enojo un tanto impostado. Entre cegados por la luz de un junio canicular buscan rápido la sombra del muro de piedra. Ernesto es el primero en notar el cosquilleo, que rápidamente se extiende a sus hermanos, por el brazo de Asuncitas ya subía una osada hormiga negra, presta a hincar sus pinzas en la carne canela. Sus hermanos se carcajearon tanto del respingo que la pequeña Asuncitas comenzó a sollozar. «No llores, tontorrona. Mira ahora le pegamos a la hormiga», se excusaron. Metieron una rama por la boca del hormiguero, y viendo que el estropicio era pequeño fueron a buscar algo más contundente. Ernesto entró sigiloso en la cocina, tomó una cuchara sopera de la pila y volvió a zancadas al corral. Llevaban ya un buen rato aplicados en el formicidio cuando una voz les llama enérgica desde el interior de la casa. Se sobresaltan y, en un tácito pacto de miradas, de esos que sólo los que crecieron juntos entienden, dejan caer la cuchara al fondo del hoyo y la cubren haciendo corrillo con sus suelas de esparto.

Corren aires finiseculares, las chicas mascan chicle y lucen gomillas fluorescentes en el cabello. Elena es una más, acompaña obligada a sus padres y tíos a un caserón desvencijado que han alquilado con la esperanza de saborear algo de fugaz rusticidad en un receso otoñal. Ella lo detesta, le parece lóbrego y se refugia en una arrugada SuperPop, que lee y relee. No sabe cómo matar el tedio, abre su estuche de lata y saca un envoltorio con vistosas pegatinas en su interior. Buscando la luz de la tarde, se sienta en la escalera y reclina la espalda contra el muro de piedra encalada. Abre el cuaderno de naturales y comienza a asaetearlo con stickers. Los despega uno a uno, pasando la cuidada uña entre el cartón y el adhesivo. La estrella fugaz irá junto a la cadena alimenticia, el oso sonriente acompañará al aparato digestivo, la chistera y la varita al ciclo del agua… Apura los últimos emparejamientos porque el sol ya se desliza tras la tapia del vecino. Cierra el cuaderno y vuelve adentro a manosear su revista, atrás queda un envoltorio vacío.

b676129ea83b11e2ac8422000a1fbf16_7No mucho después el triángulo del corral está en otras manos, cabría pensar que mejores, pues Parelo es empleado en la agencia de parques y jardines de la capital. Es un espíritu ácrata, un permacultor, pero no lo sabe, tiene buena mano, incluso se ha atrevido con un florido mural en un lienzo blanco de pared. Es de aquellos que gustan dejar su marca, en los lugares y en el recuerdo. Es bienintencionado, quiere a la casa, y se diría que la casa le respeta. Una idea brillante —una de tantas— le sobreviene ¿por qué no aplicarse en el corral? Lo que es bueno para el ornato de arriates de ciudad también ha de serlo para un recoleto jardín campestre. «¡Acanthus mollis!», se dijo. Es mediterránea, crece rápido y fuerte, no demanda cuidados, resiste las plagas, es la planta del dibujante, corona los peristilos del Panteón y el Templo de Marte, qué más se puede desear. Sabe que no requiere semilla, que basta un pequeño corte a la raíz para obtener un nuevo brote. Es enero, entierra el germen en el centro de la boca de una tinaja sin fondo; para la primavera las suaves hojas de acanto ya lucen majestuosas por encima de la cadera. Al año siguiente la planta ha esparcido su semilla por aquella fértil tierra, le gusta enraizar entre las muchas piedras que encuentra. Parelo no se inquieta, al fin y al cabo él sólo está de paso. Para cuando decide marcharse deja tras de sí una vigorosa colonia y ningún manual de instrucciones. Corresponderá al siguiente par de manos aprender con sudor que, si de acanto se trata, en la conjugación del verbo erradicar no se admite el menor error.

Un arquitecto y un fontanero han montado una curiosa cadena de trabajo. El arquitecto coge paladas de tierra de un gran montículo, las vuelca sobre la malla de un viejo somier que el fontanero no deja de agitar. A cada rato el fontanero toma con sus manos desnudas puñados de chinos, guijarros, vidrios, raíces, fragmentos de teja, de tinaja, huesos de perro, conchas de caracol, clavos de forja, plásticos… De cuando en cuando el arquitecto toma una pieza y la pone a un lado, sobre una piedra plana, aún nadie sabe, siquiera él, que nueva extravaganza saldrá de todo aquello. 1454585_630774496960659_586147044_n

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